5 cosas que se han hecho mal en la negociación de la investidura

5 temas para repasar de cara a septiembre.

1. Esperar al último momento para negociar.

Se supone que es algo que se aprende en la escuela, o en la universidad, o en el trabajo. Dejar las cosas para el final provoca precipitación, nervios, falta de perspectiva, menos capacidad de maniobra, frustración, estrés, etc.

Han tenido más de 2 meses para intentar ponerse de acuerdo, pero el exceso de tacticismo y el miedo a influir en las elecciones municipales y autonómicas han tirado por el retrete prácticamente un mes y medio.

Ahora la cosa queda para septiembre, y todos sabemos lo que cuesta hacer deberes en verano.

2. Negociar a puerta cerrada.

En una época en la que todos los partidos y las instituciones se jactan de ser transparentes, las negociaciones para formar un gobierno se han llevado a puerta cerrada y se ha visto como normal que se pida discreción.

Personas entendidas de la cosa política (o partidista) dicen que a puerta cerrada los negociadores tienen más libertad para exponer sus exigencias. Que de ser retransmitidas, ambas partes harían una representación de cara al público y costaría más saber qué es lo que realmente quieren.

Lo que hemos comprobado es que la discreción sólo ha servido para alimentar teorías de la conspiración y filtraciones; para que ambos partidos se acusen mutuamente de tener un doble discurso (uno de cara al público y otro en la mesa de negociación); para que no sepamos realmente qué ha pasado; para que los medios se alimenten cada día con la polémica de turno; para que los fieles de cada bando acusen a la otra parte de mentir.

Esto es lo que produce el secretismo. No ha facilitado nada y sólo arroja versiones contradictorias, pues ahora nadie se fía de nadie y no hay pruebas fiables para contrastar.

3. No ser sinceros con las pretensiones.

Otra cosa que se ha normalizado es la estrategia del relato. Las negociaciones se han jugado en un doble plano: el superficial, llegar a un acuerdo para la formación de un gobierno. El profundo, intentar dejar a cada partido en la mejor posición posible dentro de ese acuerdo.

Hay, por tanto, dos juegos con dos estrategias distintas y, en cierto modo, contradictorias. La formación de gobierno es una tarea de corte cooperativo. Pelear por la mejor posición, una de corte competitivo.

Además, ambos planos se han afrontado con una amenaza de fondo: la repetición de elecciones. Lo que hace que cada partido haya jugado sus cartas acompañándolas de una justificación, de manera que el electorado interprete que, si no se consigue el objetivo, es por culpa de la otra parte.

Nos hubiéramos ahorrado tanto culebrón si, desde el principio, PSOE y UP hubieran sido sinceros. Si el PSOE quería a toda costa un gobierno monocolor, que no se hubiera movido de ahí. Razones tiene para explicarlo: son el partido más votado, no quieren compartir tareas y espacios de gobierno importantes. Temen que el pacto con UP, que no alcanza mayoría absoluta, les dificulte llegar a acuerdos con otras fuerzas. Al final, si son los encargados de formar gobierno, están en su derecho de hacerlo en la forma que más les convenga. Si el resto de fuerzas no se lo permiten, vamos a elecciones y punto.

Por su parte, UP tenía claro que quería ministerios con chicha, y la presencia de Pablo Iglesias en ellos. Desde el minuto uno han insistido en que no hubiera vetos personales, apenas han hablado de propuestas en medio de la guerra por los ministerios. Y también están en su derecho. Si su voto a favor depende de eso, se explica y punto. Si el PSOE no transige, a elecciones y no hay más que hablar.

Al final, el resultado va a ser el mismo y nos hubiéramos ahorrado la batalla por el relato, es decir, por esquivar la responsabilidad y encalomarla al de enfrente. La ciudadanía no es idiota y ha sabido ver las motivaciones de cada partido, a pesar de que hayan querido camuflarlas y culpar a la contraparte.

4. Empezar hablando de puestos y no de propuestas.

Esto tiene dos consecuencias. La primera, metodológica: es difícil acordar las bases de un gobierno si no hablas de ellas. La negociación se ha construido en torno al quién, cuando lo aconsejable era abordar primero el qué y -muy importante- el cómo. Además, empezar y encallar en el reparto de ministerios limita cambios de estrategia en tiempo real. Por ejemplo, llegados al último momento sin acuerdo de reparto de carteras, haber optado por una investidura basada en el acuerdo previo programático, pasando UP a una posición de socio externo.

La segunda consecuencia es de imagen pública. España entera ha sido testigo de una guerra por sillones. Es imposible camuflar esto. No se ha hablado nada de políticas, y eso penaliza en un país donde los políticos tienen fama de mirar más por sus intereses y los de su partido que por los de la ciudadanía. La penalización, si se repiten elecciones, va a ser una gran abstención.

5. Buscar golpes de efecto.

Como corolario a todo el drama de las últimas semanas, ambos partidos han intentado dar una serie de giros de guión para apuntalar su relato y presionar a la contraparte. Hemos visto al PSOE moverse, desdecirse, filtrar, soltar una idea, recogerla después, insinuar, desmentirse a sí mismo, atizar en los medios a su interlocutor para luego decir que la mano seguía tendida.

UP, por su parte, también ha tirado de fuegos de artificio, como convocar una consulta a los inscritos sin tener todavía una oferta firme sobre la que votar, tan sólo con el objetivo de presionar al PSOE en la negociación.

Avanza la espectacularización de la política, que parece hoy reducida a una mezcla entre teleserie y tertulia televisiva. La representación tiene hoy más que ver con su acepción dramática y teatral que con aquélla de servicio público. No es casualidad que la desafección crezca y que los partidos y los políticos aparezcan en el podio de las mayores preocupaciones que afectan a la sociedad según el CIS. Va haciendo falta otro 15M.