De dioses y mercados

19.04.2020

Durante este confinamiento, he visto las dos temporadas de la serie American Gods, cuya trama versa sobre el enfrentamiento entre los dioses antiguos (Odín, Ostara, Anubis...) y los nuevos dioses de nuestro tiempo (Globalización, Tecnología, Media...). El trasfondo de esta guerra nos habla de la progresiva sustitución, a partir de la modernidad, de los dioses construidos como mitos por otras nuevas deidades, más terrenales pero también más abstractas, sin mutar el elemento esencial para la supervivencia de ambos bandos: la fe.

La idea del proceso de secularización, emprendido a partir de la Ilustración y de las revoluciones burguesas, ya había sido sugerida antes, entre otros, por Franz Hinkelammert que, en su "Crítica de la razón utópica", hace un fino análisis de los dogmas que componen algunos de los principales marcos categoriales ideológicos: conservadurismo, liberalismo, socialismo y anarquismo. La tesis de Hinkelammert consiste en demostrar que las construcciones teóricas de estas ideologías han sustituido de facto -aunque convivan ahora en planos diferentes- a las idealizaciones religiosas, desde los paraísos post mortem, como el Cielo o el Valhalla, a todo el corpus de valores y normas de conducta. Y lo hacen, además, revistiendo todo su acervo cultural de un halo de cientificismo, creando una serie de modelos, sistemas y mecanismos asbtractos que conducen a un cierto tipo de plenitud, sin llegar nunca a alcanzarla.

De entre todas ellas, la que se ha convertido en la (nueva) religión hegemónica ha sido el liberalismo, hoy en su versión neo. Es una religión tan poderosa que se profesa sin apenas ser consciente, cuyos valores y conductas están ya instalados, como un código de programación, en nuestros marcos cognitivos. Está tan interiorizada que es capaz de compaginarse con viejas religiones, como el cristianismo, sin que el antagonismo de sus axiomas produzca disonancia cognitiva alguna. Como he señalado con anterioridad, simplemente las ha desplazado a otro plano, a uno de corte más folclórico que moral.

La asimilación de la religión capitalista neoliberal se ha producido, a su vez, en dos secuencias. Por un lado, la cognitiva que, como sucede con otras religiones, ha consistido en generar un convencimiento pleno y generalizado sobre su cosmovisión, apoyándose en dos pilares fundamentales: el estímulo del deseo y su marco teórico como medio para conseguirlo. Mientras, el propio desarrollo práctico de esa cosmovisión ha constituído la secuencia sistémica: las instituciones, los mecanismos y las normas y procedimientos que la regulan.

La dimensión terrenal de estas nuevas religiones, además de hacerlas compatibles con el plano místico de las antiguas, las dota de cierta verosimilitud, amparada en la inmanencia, en la cercanía, en gráficos y números. Como si de modernos seminarios se tratase, las instituciones de enseñanza reproducen todo ese marco teórico, asentándolo en cada generación de "profesionales" que se forman. Pero la doctrina no se limita a las aulas, sino que se amplifica a través de los medios de comunicación, en la versión 1.0 de la comunicación, y en las redes sociales, que funcionan como cajas de resonancia.

El éxito de una religión se mide, además de por el número de fieles, por el temor de estos a la ira de su(s) dios(es). El miedo, como motor de la obediencia y de la disciplina, tiene que ser tal que consiga obtener conductas subjetivas irracionales, entendiéndolas como comportamientos o actitudes que sean, incluso, opuestas a los intereses o al bienestar de las personas que las ejecutan. En el caso del neoliberalismo, creo que sobran ejemplos de este tipo. Por señalar algunos, el miedo a la incertidumbre económica o a la furia de los mercados es capaz de conseguir que se toleren y se apoyen medidas como privatizar la sanidad, boicotear subidas de salarios, renunciar a tener más tiempo libre o dañar deliberadamente los ecosistemas que nos mantienen vivos.

El miedo, la interiorización de ese miedo, reafirma los contornos ideológicos, que el propio ser humano acepta, señalando como utópico, en sentido peyorativo, todo escenario mejor que se plantée fuera de ellos. Así, cualquier propuesta que enuncie una transición o un cambio que trascienda el orden actual de las cosas producirá una reacción de negación. Un acto reflejo en el que el cerebro rechaza cualquier posibilidad de cambio, además, recitando, como si de una oración se tratase, todas las dudas y todos los argumentos escuchados en el colegio, en la universidad, en las comidas familiares o en las tertulias televisivas. Curiosamente, el ejercicio de pensamiento crítico que se realiza es de una asimetría abismal con el que se ejercita, si es que se ejercita, a la hora de evaluar las propias creencias. Alcanzamos, entonces, un nuevo paralelismo con las viejas religiones, cuyos creyentes son capaces de desmontar crítcamente todos los dogmas de una religión... que no sea la suya, protegida ésta bajo el manto del sesgo de confirmación.

Sin embargo, la fe, tanto en las antiguas como en las nuevas religiones, se tiende a poner a prueba en periodos de crisis, como el de la actual pandemia. Por algún motivo, la promesa de ese ámbito de plenitud posible, alcanzable, aunque sólo sea poder tomarse una cerveza en una terraza, se resquebraja y, en cadena, se corre el riesgo de cuestionar dogmas y valores que, hasta ahora, parecían infalibles. Las situaciones extremas, que ya no resultan tan ajenas cuando se viven en primera persona, o cuando las viven personas de entornos cercanos, despiertan la empatía que no aparece cuando esas situaciones se ven por televisión en otro continente, o en gente de otro color de piel, o de otra religión. Es entonces cuando emerge el conflicto interno, cuando ves bien medidas que tu religión no permite, aunque sólo sea de manera excepcional y bajo una cadena de condicionantes que suavicen su carácter herético.

Algo así ha podido pasar con la futurible Renta Mínima Vital en la que trabaja el Gobierno. Resuena a Renta Básica Universal, esa desviación pecaminosa de la cultura del esfuerzo y del trabajo que nos han inculcado, pero es muy difícil rechazarla cuando, por motivos de fuerza mayor, son miles las familias que no tienen manera alguna de generar ingresos para poder comer, pagar el alquiler, la luz o el agua.

La grieta se ha abierto y los predicadores de la religión neoliberal ya han empezado a evangelizar a los fieles, alertando sobre los peligros de desconfinar demasiado esa RMV, agitando el miedo, generando desconfianza, advirtiendo sobre las quiebras morales y económicas que eso produciría. Uno de los mensajes que más se repiten, incluso por encima del dogma de la austeridad, que estos días parece indefendible porque, entre otras cosas, es el gasto público el que sostiene los hospitales, es la amenaza que la RBU supone para el trabajo, para que la gente trabaje.  Es un mensaje fácilmente aprehensible por y desde el sujeto. Primero, porque pone en riesgo su propio bienestar: si la gente no quiere trabajar ¿quién me recoge a mí la basura? ¿quién me limpia el coche o me cuida a los niños?. Y, en segundo término, porque despierta la desconfianza en los demás, una desconfianza que parte, curiosamente, de una proyección del sujeto en el otro: si a mí me pagasen sin trabajar, quizás me plantearía seguir en mi empleo, que me produce ansiedad, que no me deja estar con mi familia y por el que me pagan una mierda. Si yo, que soy mi principal referencia moral, soy capaz de plantearme esto, los demás, cuya moralidad es indudablemente más laxa que la mía, seguro que ni se lo plantean.

El temor inoculado es tan grande que hace que reaccionemos a través de nuestros instintos más primarios, los de supervivencia, y limita las funciones cognitivas del cerebro que nos diferencian de los animales. Pulsiona la amígdala, la región cerebral más primaria, y se inhibe el neocórtex frontal, eso que nos hace "sapiens". Si somos capaces de resistir ese impulso primario y de darle uso al neocórtex, las preguntas se alejarían de esos dilemas morales, superficiales y primitivos, y empezaríamos a cuestionarnos por qué tenemos un trabajo de mierda, por qué nos produce ansiedad, por qué no podemos pasar tiempo con la familia, por qué otras personas dejarían con gusto sus trabajos, por qué era buena la austeridad, si es el gasto lo que nos permite salir de esta crisis...

Las respuestas a estas preguntas están, paradójicamente, en ese marco teórico que aceptamos como verdadero y que, aunque no dice la verdad, tampoco miente. Hemos abrazado el capitalismo y sus conceptos, uno de ellos, el del beneficio, objetivo fundacional de cualquier empresa, autónomo e, incluso, persona. En el ámbito empresarial, el beneficio es un resultado, fruto de operar con conceptos como los gastos y los ingresos. Los gastos, a su vez, se dividen en fijos (alquilar un local para poner una tienda) y variables (comprar azucar para producir ron). Pues bien, no sé cuántos fieles serán conscientes de que ellos mismos entran dentro de estas ecuaciones que son, en fin, los versículos sagrados de su propia religión.

El factor productivo, las personas que trabajan, forman parte de ese número llamado "gastos variables". Contablemente, la cuenta que evalúa el gasto que los trabajadores suponen para la empresa se llama "sueldos y salarios" y, por definición, cuanto menor sea esta cuenta, sin alterar la producción, mayores serán los beneficios.

Los modelos de ingresos y gastos del capitalismo comparten algo con la cosmovisión que nos propone como sistema: las curvas que representan estas variables son asintóticas, es decir, deben crecer (en el caso de los ingresos) y reducirse (en el caso de los gastos) sin límite, lo máximo posible, tendiendo a infinito. Esto supone que las personas que dirigen una empresa deberán buscar siempre la manera de reducir las partidas de gasto, entre las que se incluyen los "sueldos y salarios", para que tiendan asintóticamente a 0. Y, lo que parece un planteamiento lógico sobre el papel de un manual de microeconomía, sobre la pizarra de un aula de universidad o en palabras de un tertuliano de televisión, se vuelve de lo más inhumano cuando aterriza en la realidad.

Esa cifra de la cuenta 640 del Plan General Contable, ese gasto, ese número, se traduce en comida, en vestido, en una casa, en vacaciones, en la factura de la luz o en un vaso de agua del grifo de la cocina de una persona que trabaja. Cuando en Economía nos enseñan que los gastos deben tender asintóticamente a 0, lo que nos están diciendo es que las necesidades básicas de las trabajadoras y de los trabajadores tienen que tender asintóticamente a 0. Es, en definitiva, un modelo que prescinde de las condiciones vitales, es decir, que puede prescindir de la vida. Esto, que suena grave, conlleva otra cosa peor, y es que hemos naturalizado que el resto de personas que no trabajan, que no engrosan la cuenta de "sueldos y salarios", ni siquiera tienen derecho a satisfacer esas necesidades básicas, ni siquiera tienen derecho a vivir.

Cuando escuchen hablar de Renta Básica, es esto lo que se pretende y se defiende. Que, independientemente de lo que digan las Biblias empresariales, el derecho a vivir dignamente es lo primero, y que todo sistema y toda religión debería funcionar tomando eso como dogma. Y que, si un sistema no puede funcionar garantizando que todas las personas puedan comer, vivir bajo un techo, ir a la escuela o al hospital, tan sólo por ser personas, quizás es un sistema fallido y hay que cambiar de religión.