La Guerra de los Marcos

Seguro que a usted también le ha pasado. Observa una situación, una realidad, y la ve clara, nítida, sin ambajes. Entonces, llega un político y la describe de una manera completamente diferente, delirante, fantasiosa, irreal. Nos dicen que vivimos en la era de la posverdad y las noticias falsas, y no podemos esperar que la comunicación política se abstraiga de ello.

Se llama marco discursivo a la construcción de la realidad que se quiere hacer a través de la organización de las ideas. No a la descripción de la realidad como es, o como se percibe, sino la que queremos crear e imponer. El marco discursivo no se construye desde el lenguaje descriptivo o expositivo, sino desde el argumentativo, si bien toma elementos de los primeros.

Un ejemplo:

Se publica la Encuesta de Población Activa. Sus datos son objetivos: cuántas personas trabajan, dónde lo hacen, en qué condiciones... La EPA describe una realidad, la del mundo laboral. A partir de esta información, se pueden hacer diversas lecturas, mezclando sus datos con elementos argumentativos en función de la idea o conclusión que se quiera trasladar. Así, si los datos de la EPA indican que el paro se ha reducido, el Gobierno hará mucho énfasis en ese dato pero, con la misma información, un partido de la oposición o los sindicatos podrán poner el foco en que también ha aumentado la temporalidad, con lo que el trabajo creado es de mala calidad. Con los mismos datos tenemos dos sujetos enunciando un discurso positivo y uno crítico, y dos conclusiones posibles: el Gobierno lo hace bien y el Gobierno lo hace mal. Y cada sujeto buscará centrar la discusión en su marco -el dato de desempleo o el dato de la temporalidad- para convencer a la audiencia que tiene que validarlo, en este caso, el electorado.

Por otra parte, la audiencia no es un cuerpo uniforme y no responde (o valida) atendiendo a unos mismos criterios. El cuerpo social tiene sus propios sesgos a la hora de interpretar y validar una información, y tienen que ver con sus gustos, sus intereses, su posición social, su educación, su entorno social/cultural... y, cada vez más, con "lo que cada uno piensa". En este punto, se da una extraña paradoja, y es que las personas no tienen por qué formarse una opinión después de analizar una información. Por el contrario, pueden ya tener una opinión formada y validar (o no) una información (o un marco) en función de ésta.

Se podría inferir, ante esta actitud, que no es el modo indicado de analizar la realidad y extraer conclusiones razonables, que partan de cierta lógica o rigor, pero es que, quizás, formarse un pensamiento crítico y objetivo no sea la principal intención de la audiencia, sino, más bien, encontrar el marco discursivo y los argumentos que encajen con "su opinión". En otras palabras, el objetivo puede ser "tener razón", en lugar de "buscar la razón", sobre todo si lo segundo implica admitir, hacia dentro y hacia afuera, que esa opinión preformada era errónea. A esto se le conoce como sesgo de confirmación, "la tendencia de una persona a favorecer la información que confirma sus suposiciones, ideas preconcebidas o hipótesis, independientemente de que éstas sean verdaderas o no".

El sesgo de confirmación es una patología del pensamiento racional que está en auge, que se alimenta y se exhacerba en estos tiempos de sobredosis de debates televisivos y de twitter. A su vez, este sesgo hace un maridaje perfecto con la proliferación de noticias falsas y con la permanente guerra de los marcos discursivos. Si asistimos a un contexto político donde todo el mundo tiene razón, nadie se equivoca y el rigor y la información empírica son cuestiones secundarias, es porque la audiencia/electorado no exigen "la verdad", sino que demandan argumentos para ganar la batalla particular de cada cual contra su cuñado, contra una usuaria de twitter o contra el parroquiano de turno de la barra de un bar.

En esta coyuntura, podría parecer que a los partidos y a los líderes políticos se les abre un amplio horizonte para justificar cualquier decisión o comportamiento. Afortunadamente, el sesgo de confirmación no opera con la misma intensidad en todo el electorado. De hecho, suele ser más recurrente en lo que se llama "suelo electoral" de los partidos, ese fragmento del electorado que no cambia de voto, independientemente de lo que haga o diga "su" formación.

Recuerdo la primera reunión preparatoria de la campaña de Podemos para las elecciones andaluzas de 2015. Discutíamos sobre qué mensajes deberían predominar y, al repetirse aquellos asociados a la izquierda, Carolina Bescansa intervino y dijo: "esos mensajes son los que les gustan a los nuestros, pero a los nuestros ya los tenemos convencidos, ahora hay que convencer a los demás". Bescansa hacía referencia a segmentos de población ubicados en posiciones más centradas, al electorado potencial del PSOE y a parte del abstencionismo activo.

La irrupción de Ciudadanos y Podemos alteró sustancialmente el eje ideológico de nuestro sistema de partidos, en gran medida, por la introducción de nuevos marcos discursivos. Se empezaba a hablar de "nueva política", de "regeneración", "casta", "aforamientos", "puertas giratorias", etc. Ambos partidos se cuidaron, en sus inicios, de verse encuadrados en el clásico eje izquierda-derecha, con todo el sentido, pues pretendían penetrar en la gran bolsa de electores sin discriminarlos por su tendencia, buscando posibles puntos en común entre abstencionistas, potenciales votantes del PP, del PSOE o de IU. Propuestas en materia de transparencia, de participación, LGTBI, ecologistas o en servicios públicos pueden ser defendidas y compartidas por personas situadas en diferentes puntos del eje izquierda-derecha. Si el objetivo era buscar nuevas mayorías, había que acabar con ese eje y, en consecuencia, con los partidos que llevaban desde la Transición reinando en él.

Sin embargo, con el paso de los años, los nuevos marcos han ido desapareciendo, engullidos por otros viejos y clásicos. A esto ha contribuido el conflicto en Cataluña y, por ende, el tema territorial, con sus banderas, sus lenguas, sus identidades... enganchando con el papel de la Corona, otro lugar común de la política patria. Poco a poco, los nuevos partidos se han ido resituando, a través de sus marcos discursivos, en el sempiterno eje izquierda-derecha, lo que ha influido en sus propios límites de crecimiento. Así, si Podemos quiere crecer, y una vez fusionado con IU, tan sólo lo puede hacer a costa del PSOE. En el caso de Ciudadanos, su posición entre PP y PSOE le ofrecía dos espacios para crecer, pero la ambición de Rivera de ser el nuevo líder de la derecha le ha cerrado uno de los frentes. Por su parte, Vox se ha apropiado del margen extremo de la derecha, encerrando al PP entre ellos y Cs. El mapa político se ha convertido en un vagón de metro donde cada vez hay más gente para los mismos asientos.

Abandonados los nuevos marcos discursivos, imbuidos todos los partidos, de nuevo, en el eje izquierda-derecha, aumenta la dificultad para diferenciarse entre sí, por un lado, y disminuyen las posibilidades de atraer votantes de forma transversal. Además, el ejercicio del parlamentarismo, entendido como el juego de deliberación, negociación y acuerdo entre diferentes fuerzas, se ve fuertemente limitado, al quedar, de nuevo, dos bloques considerablemente estancos. Y es en estos términos como se ha planteado el reciente ciclo electoral: la derecha contra la izquierda, de vuelta a 1980.

No sorprende, en definitiva, que en las negociaciones y pactos subsiguientes a los diferentes comicios, apenas se hable de propuestas y medidas concretas, sino de significantes manidos como la unidad de España, ETA, los intereses del IBEX, la izquierda, la derecha, Cataluña y poco más. Debates simples y superficiales que buscan más polarizar, que se sirven del miedo al otro, que persiguen activar el sesgo de confirmación. Discusiones de barra de bar. Carnaza para zascas de Twitter. Política de plató de televisión.

Tan sólo hay un marco rompedor, con mucho potencial de transformación transversal y que se encuentra en plena pugna: la igualdad de género. Está siendo el feminismo el único ariete capaz de tirar muros, de cambiar conciencias y de contener la ola derechizadora. Curiosamente, es un movimiento autónomo que los partidos no han podido capitalizar, que se impulsa, muta y crece desde la propia sociedad.