Los días contados

por Juan Jurado Martínez

-COTIDIE MORIMUR-


La mañana de marzo apura el final del invierno. Sólo algunos viandantes, embutidos todavía al resguardo del frío matinal, deambulan con el inicio del día grabado en el rostro. La ciudad se despereza con ese tono gris que acompaña al silencio. La luz lánguida de algunas farolas, vestigios de la noche en su estertor, abundan en esa sensación de soledad.

Con ese paisaje tan familiar y la huella del sueño frágil y esquivo, todavía latente en el gesto, atraviesa las calles de la ciudad, adormecida aún, a pesar de la promesa firme del amanecer. Resguardado tras los cristales, no puede evitar mirar el presente con los ojos del pasado. Y eso que la tos cavernosa y pertinaz, que lo acompaña en las últimas semanas, le impide disfrutar plenamente del trayecto. Cuántas veces, a lo largo de su vida, sentado en un banco de alguna recóndita plazoleta del barrio viejo, ha cerrado una noche de insomnio con el último pitillo, envolviendo sus pensamientos en el humo expelido lenta, pausadamente, embriagando la pituitaria con su aroma cálido. Casi siempre solo.

En ocasiones, fumaba para relajar la cabeza abotargada después de una noche de estudio, en aquellos lejanos años, cuando preparaba oposiciones. Era el incentivo, la motivación, el premio al repaso fatigoso y monótono de aquellos temarios tocho. La plaza quedaba cerca de la casa, apenas una cuesta que bordeaba la iglesia clausurada. La madrugada fría, abrigada por una niebla que, al mezclarse con la luz amarilla de un farol esquinado, convertía a los enseres que la habitaban en criaturas borrosas y multiformes, proclives al espejismo. Entonces, sentado en la baranda de piedra, disfrutando del calor interno que le proporcionaba el humo inhalado, el sabor intenso del cigarro artesanal, mezclado y liado con parsimonia, se dejaba llevar por las siluetas que el paisaje neblinoso le ofrecía: el árbol poderoso y desnudo, el perfil recortado de la Iglesia... Imágenes con las que regresaría a casa antes de que el día amenazara con romper el sosiego nocturno.

Otras veces, con ese cigarro postrero, paladearía el penúltimo beso, la última caricia, el rescoldo sobre su piel de la cama compartida. De vuelta a casa, en aquellas noches de copas y sexo, ponía orden en el crisol de sentimientos y de emociones vividas con el dulce elixir que provoca el alcohol. Noches que desembocaban siempre en la pegajosa resaca que le provocaba el recuerdo de lo vivido, de lo bebido, de lo fumado.

En otro tiempo, fumando, habría intentado poner las ideas en orden tras horas de debate intenso en la asamblea local del partido, donde el enfrentamiento, casi siempre doloroso, entre la coherencia ideológica y la praxis política se enzarzaban una y otra vez hasta la saciedad. Debates hueros, improductivos que, entre el humo recocido y el olor a humedad que rezumaban las paredes de aquel cocherón, adornado de banderas republicanas y lemas antifascistas, minaron su fe en el proyecto y en cualquier atisbo de esperanza por una revolución social, siempre tan lejana como deseada. Proyecto que anidaría durante mucho tiempo en su corazón y en su pensamiento, hasta que el transcurso de los años fue dando paso a una resignación melancólica, a un conformismo nostálgico, a la puerta entornada de un sueño.

Todos ellos, momentos de soledad buscados, donde el sosiego, el silencio y la paz convertían ese cigarro en un ritual. Una aroma romántico en que el rito era el anuncio del encuentro con él, con su pasado, con su presente, con su vida. Los recuerdos, los sentimientos evocados, las preguntas trascendentes del yo, asociados siempre al encendido de un cigarrillo, como si éste fuera la mecha que iniciara todo el proceso.

La tos rayada lo devuelve al anuncio blanco del día, a la sensación húmeda y solitaria de la ciudad, al silencio atronador en el que cobra presencia la respiración legañosa. Todo un cúmulo de sensaciones que le son familiares. Ahora toma conciencia de que el tabaco ha sido el compañero más fiel que ha tenido. En realidad, no podría rescatar momentos significativos de su vida en que, de alguna manera, no hubiera estado presente.

Desde aquel primer cigarro transgresor, perseguido, que fumó a escondidas cuando todavía vestía el uniforme azul marino de los padres jesuitas, guarda en la memoria aquellas primeras arcadas, la necesaria sensación de angustia provocada por el intento de ingerir el humo. La prueba de fuego, otra reválida, un sacrificio necesario para reafirmar su hombría y su decidida determinación a ingresar, cuanto antes, en el mundo de los adultos. La primera cajetilla, comprada de forma colectiva, el primer acto revolucionario socializado e inconsciente. El cigarro que, formando parte de un corro dentro de un viejo bidón localizado en las afueras de la ciudad, circulaba de una mano a otra mientras se compartían, entre risas cómplices, las primeras conquistas, los descubrimientos, los placeres prohibidos...

Un nuevo golpe de tos lo distrae del recuerdo. Las calles estrechas y sinuosas del casco antiguo lo obligan a una conducción lenta. Retoma sus pensamientos. Cuánta simbología asociada al tabaco antes de su declaración oficial como enemigo público. Símbolo de la galantería alimentada por la pantalla: Bogart, Gable, Wayne... Le viene a la memoria la imagen de Rick en Casablanca, su figura, en la semioscuridad, tamizada por el humo del cigarrillo, testigo de un amor imposible, de la batalla agridulce entre el deseo y los ideales. Las notas del piano y la voz de Sam acolchadas por el humo del local. La melodía y el cigarrillo que se queman en el cenicero, de la misma forma que arde el alma de Rick en sus recuerdos.

Mientras abandona la ciudad vieja y enfila la avenida que le llevará al norte, a la parte nueva, la evocación de esa música, de esas imágenes, le provocan un nudo en la garganta. Hace días que la emoción la siente a flor de piel. Más expuesto, más frágil. Regresa al maridaje de tabaco y vinilo, cuando evoca las tempranas noches invernales, abrigado por el sillón orejudo del estudio. Los Nocturnos, con el sello amarillo de la Deutsche Gramophon, salpicando el silencio y el humo azul, irisado por la luz de la lámpara, llamada de socorro del cigarro agonizante, antes de la última calada. Música y tabaco.

Mira el retrovisor, la silueta que traza el amanecer de la ciudad intramuros se le aparece fugaz, y recuerda las largas sesiones nocturnas de algún verano junto a su gente, la más cercana, la más querida. Noches de ron, tabaco y música. Noches de compromiso, de afectos, de emoción compartida, otra vez el cigarro que circula, y una canción repetida una y mil veces. La voz de Chavela, estremecedora, desgarrada por el tabaco y el alcohol. Uno se despide insensiblemente de pequeñas cosas....

La tos profunda y cavernosa le devuelve al presente, cuando se atisban, a lo lejos, las ventanas infinitas del recinto hospitalario. Otra vez esa sensación momentánea de vacío, de búsqueda infructuosa para acomodar la idea que lo deja aturdido. Y siente miedo, un miedo profundo que lo acapara internamente. Tiene la sensación de que, por momentos, el pensamiento se queda huérfano de aquello con lo que se materializa. Entra entonces en una especie de ensimismamiento depresivo del que le cuesta trabajo salir.

Pero el día anuncia su llegada y ahora es capaz de sentirlo, de mirarlo con un cierto optimismo. Conduce con sigilo, de forma parsimoniosa, acariciando el volante. Piensa que el inicio del día, de cualquier día, es como una nueva oportunidad. Como si se tratara de la primera página de la libreta que, en su infancia, gustaba estrenar con cuidada caligrafía. Hace ya mucho que ha tomado conciencia de que la sucesión de los días es la muestra más palpable de que la existencia se asemeja a un círculo vital, que comienza y termina para volver a comenzar. Un curso inacabable en el que regularmente nacemos y morimos, porque nunca somos los mismos, porque las células que nos construyen nacen y mueren en una secuencia prescrita. Estamos obligados a reinventarnos, a reconocernos día a día. Un tributo necesario al tiempo, vehículo insaciable de vida. Algo se nos muere con la noche, algo nuevo, distinto, nace con el día. Estelas en la mar, que escribiera el poeta. Una de esas imágenes de belleza inagotable que lleva en el bolsillo desde hace ya mucho tiempo, casi desde siempre. Esa promesa incierta del devenir, que entierra los fantasmas de la noche, le aporta una brizna de optimismo, un soplo de vida.

El semáforo lo vuelve a la realidad. La cita con el médico, los resultados. Algo que le molesta. Una ruptura indeseada de su rutina, la frágil compañera con la que se siente tan a gusto. Y eso que la tos no ha muerto con la noche.

El centro hospitalario, construido en la parte nueva de la ciudad, le ofrece la apariencia impersonal y anodina de los edificios públicos, ideados en serie en aquellos años en que el estado del bienestar y la democracia daban sus primeros pasos. Un aspecto de megalomanía cúbica. Un hormiguero en ebullición a esta hora de la mañana, donde los turnos se entrecruzan para que el engranaje, la maquinaria del gran reloj de la vida y la muerte, no se detenga. Alguna vez, en sus paseos, cuando el itinerario le ha conducido a esta zona de la ciudad, se ha regocijado al sentirse fuera, extramuros, lejos del dolor y la enfermedad, y, por un momento, se ha imaginado en los que miran la vida desde la habitación numerada de una planta y sueñan con recuperar esa cotidianidad simple que, seguramente, en ese momento, valorarían en su justa medida.

El aparcamiento no se ha hecho de rogar como otras veces, todo un síntoma -piensa mientras cierra el coche-, hoy será todo más rápido. Hace ya tiempo que el reloj ha dejado de ser un enemigo, pero las esperas nunca han sido de su agrado, menos aún, cuando una agenda inmisericorde organizaba su día. Con esa predisposición se encamina a la entrada. La sensación de frío ha desaparecido de súbito con la bofetada de calor artificial que percibe al entrar al edificio. Un calor que siempre le ha sabido insalubre.

-Voy a la quinta... se le ha dirigido una señora de mediana edad, que porta en su mano una botella de agua mineral. Lo ha hecho con la naturalidad del que recibe a alguien en su casa, del que tiene ya un conocimiento grande del lugar y sus rutinas. Con la amabilidad condescendiente del veterano al novato. Compartirá con ella un corto trayecto, tiempo suficiente para aventurar su presente -seguramente alguien que lleva días acompañando a un familiar, quizás su marido o su hija-. Y observa cómo las noches, en el sillón del acompañante, han dejado la huella en su mirada lejana y cansada. No puede evitar rememorar la experiencia vivida cuando asistía a su padre en los últimos días. Cuánta pesadumbre cabe en una ráfaga de pensamiento, en una imagen emborronada por el tiempo y la tristeza.

El pequeño frenazo del ascensor lo devuelve al deambular hospitalario. Con fingida determinación, enfila el pasillo de consultas, una vorágine ruidosa donde se mezclan pacientes en sillas de ruedas, en un sentido y otro; alguna camilla, cuya inquilina viaja ausente de las miradas que despierta a su paso; médicos que, con rictus distante, sortean los obstáculos que les separan de su puesto de trabajo. No puede dejar de pensar que la masificación ha venido para quedarse en los hospitales públicos; que no es más que la tarjeta de visita de una crisis programada para gangrenar el derecho a la salud de los comunes. Algo que lo indigna tanto como la resignación con la que se sufre.

Ha llegado a la consulta, un nuevo golpe de tos que le rasca el pecho se pierde entre el ruidoso tumulto, que se convierte en un murmullo borroso cuando se introduce en la antesala, espacio reducido y cuadrado donde, curiosamente, reina el silencio. Hace algún tiempo que los hábitos comunicativos han cambiado radicalmente. En otros tiempos, no tan lejanos, la espera era una especie de terapia colectiva donde compartir los miedos, las esperanzas, las experiencias vividas, las historias, los sucesos... Se sienta y no puede dejar de preguntarse hacia dónde caminan las relaciones humanas. No es capaz de anticipar el futuro más cercano, todo va muy deprisa, y él hace tiempo que ha levantado el pie del acelerador, que ha comenzado a sentir una cierta nostalgia por otras cadencias vitales menos vertiginosas. Aún así, siguiendo el ejemplo de las tres personas que lo han precedido, intenta conciliar con el asiento una postura amable con su espalda y comienza a manipular la pantalla del móvil. El tiempo se hace más llevadero con el repaso a las redes sociales, la penúltima gran revolución de la tecnología comunicativa. Es consciente de lo paradójico del instrumento que lo acerca a la realidad alejándolo de ella, que lo sumerge en un mundo virtual donde la alegría, la tristeza, el dolor o el placer no son más que hologramas de la existencia. El todo y la nada están a una ligera presión de la pantalla. No hay caras, ni miradas, no hay palabras revestidas de carne. Algunas veces, en las conversaciones mantenidas con gente desconocida, así lo ha pensado -no sé cómo es su existencia, cuáles son sus preocupaciones, sus miedos, quién es fuera del mundo virtual que nos han construido para que nunca nos conozcamos- La cara B de la sociedad de la comunicación, la soledad programada, admitida como animal de compañía.

Lee los mensajes de indignación contra los efectos de una recesión galopante que amenaza con destruir los cimientos de la sociedad del bienestar, contra la corrupción que sufren buena parte de las instituciones públicas, los despidos masivos, los centenares de desahucios que se producen semanalmente...

Intenta amortiguar el último golpe de tos. Le duele el pecho. El sonido de un móvil lo transporta al presente, vuelve a ver con los ojos de la realidad y siente la soledad momentánea, la suya y, quizá, la de las personas que eventualmente lo acompañan. De nuevo, piensa que, otras veces, no hace tanto tiempo, el antídoto contra el tedio de la espera había sido la observación distante de esas compañeras ocasionales de viaje, las historias escondidas tras sus gestos, sus miradas, los fragmentos de conversación que quedan vagando y expuestos. La observación de la vida que, en algún momento, se planteó plasmar por escrito en un pequeño bloc, perdido entre los papeles del estudio.

El tiempo transcurre insensible, sometido a la sedación que la navegación virtual provoca. Una especie de crisálida invisible que lo aísla, que lo convierte en el único pasajero de un tren a ninguna parte. En una cercana lejanía, queda el goteo lento, paulatino de las entradas y salidas. En el pasillo, la voz enlatada de la centralita desgranando nombres, apellidos, personas que, durante unos segundos, salen del anonimato. La puerta se abre, ha intentado adivinar el diagnóstico por el ademán más o menos dispuesto de la persona saliente, por la intensidad con la que cierra, por la mirada, por el tono de voz empleado en la despedida... Así, va viviendo la cadencia lenta, agotadora e interminable de la consulta.

Por fin, la voz de la enfermera ha pronunciado su nombre, un sonido cercano que lo transporta a otros tiempos y, casi sin mirar, de una forma automática, cierra el móvil y, con paso decidido, se aproxima entregando la citación. Lo recibe una habitación con una asepsia pálida, provocada por el alicatado amarillento de las paredes. -Buenos días, y la respuesta del médico se produce casi simultáneamente, sin levantar la mirada, embebido en la lectura de los datos del informe clínico. Unos segundos de ritmo fatigoso en los que espera las conclusiones de la conversación privada que se produce, ahora, entre la pantalla del ordenador y el especialista. Un tiempo para observar las arrugas provocadas en su frente desprotegida y encimada por un pelo veteado por las canas. La mano delgada e inquieta del facultativo asida suavemente al teclado y la sonrisa dificultosa de la auxiliar, cuando cruza con él la mirada. Un tiempo neutro de ansiedad, que le recuerda al de la oscuridad que precede a la salida de un túnel, roto finalmente por la voz perezosa del médico.

-Vamos a ver, las pruebas realizadas nos revelan...

Escucha con una actitud lejana las palabras del médico. Palabras que lo transportan a otro tiempo, a otro lugar. La voz resuena como un eco del pasado, como si el mensaje no fuera con él. Ha perdido ya el hilo del discurso, observa la figura del especialista pero no lo ve. Ahora deambula entre sombras del pasado.... Los días contados.

Un golpe de tos lo devuelve al discurso del médico, pero ya no es capaz de seguirlo. No sabe qué decir, si es que tiene que decir algo, pero no alberga en su interior más que ganas de salir de aquel habitáculo, de buscarse, de perderse. Recoge con una parsimonia distante y autómata los papeles que el doctor le ha ido desbrozando -aquí tiene una copia del informe por si desea usted algún estudio alternativo, y algunas prescripciones interesantes que debería llevar a cabo-. Estas últimas palabras le saben a plástico, a producto precocinado. Con la mirada perdida en algún tiempo, en algún espacio, con la sombra lejana de lo que podría ser el bosquejo de una sonrisa, se incorpora y sale de la consulta sin reparar en nada ni en nadie. Siente que las piernas le pesan, que el circuito entre éstas y su cerebro está colapsado, como cuando experimenta los vacíos de palabras.

Se siente algo confuso, algo aturdido, y deshace el camino con una sensación de soledad que jamás había experimentado. Y ahora, cuando entra y reposa su espalda al fondo del ascensor, se da cuenta que no se reconoce, de que es otro, distinto al que hace tan sólo unos minutos lo abandonó. Apoya su cabeza y cierra los ojos mientras la sensación de movimiento lo invade. Ahora siente distante el hormigueo continuo de la gente cuando se incorpora al pasillo de salida. Embebido todavía en un pensamiento difuso, poco claro, donde se sigue reproduciendo la voz en offdel médico. Recibe el soplo frío de la mañana, algo que lo devuelve a la realidad, a la normalidad. Busca el coche con la mirada e intenta transmitir una cierta decisión a sus pasos.

Con las manos apoyadas en el volante, abrigado por la suave caricia del sol invernal, revisa su situación, respira hondo e intenta dejar la mente en blanco. Dónde buscar la respuesta idónea. En realidad, hacía tiempo que lo había leído. La fragilidad, la azarosa mutabilidad de la existencia. Pero lo había hecho con la aceptación sosegada, plena, de la persona que ha aprendido a valorar el presente y, también, desde el parapeto que le ofrecía la distancia que le proporcionaba la ficción literaria, aunque ésta bebiera de la realidad más tangible. De cualquier forma -piensa- qué poco tiempo necesita la trayectoria vital de un ser humano para cambiar. A veces, sólo el necesario para percibir unas cuantas palabras, para interpretarlas, para convertirlas en fibra sensible, en un antes y un después... Como si el momento más reciente se hubiese convertido, de pronto, en otro tiempo lejano y deseado, el tiempo vital hendido por una línea borrosa, fina e inesperada, que traza la mano caprichosa del azar. Como si al hombre, que hace unos momentos se había bajado del coche, se lo hubiera tragado el tiempo y se hubiera convertido en materia de deseo, en un desconocido, en otra persona.

De vuelta a casa, la ciudad ha asimilado ya el nuevo día y el silencio solitario se ha transformado en un hervidero que, ahora, le resulta lejano, parapetado en un laberinto de pensamientos, de sentimientos contradictorios. No consigue salir de la sensación de haber entrado en otra esfera, en una especie de corredor del que ya puede percibir la puerta final. Un claxon fugaz y lejano le avisa del verde del semáforo. La rutina, el trasiego de la ciudad que hierve, lo reclama. La tos, al menos, parece haberle abandonado.

Conduce casi sin darse cuenta, como un taxista aburrido, sin cliente y sin conversación, como si hubiese puesto el piloto automático y el coche supiese el camino de vuelta. La vida juega en ocasiones con nosotros. Ha aparcado en el mismo lugar que aquella mañana. Ha caminado unos cientos de metros hasta toparse, como aquella mañana, con uno de los rincones de la ciudad vieja, y se ha vuelto a sentar junto al único árbol vetusto y sin hojas que la habita, haciendo compañía a la Iglesia centenaria, cerrada desde siempre y para siempre. El sol, legañoso y recién nacido, no calienta y da al día un color enfermizo. Igual que aquella mañana en la que el teléfono había sonado inesperado, interrumpiendo el desayuno una voz lejana y desconocida se le había dirigido, sin embargo, con cierta familiaridad: -tenemos ya los resultados del TAC de su padre y me gustaría hablar con usted lo antes posible. El recuerdo selectivo ha borrado el camino hacia el Hospital, tan sólo se le aparece ahora el corredor amplio y extrañamente vacío de la quinta planta, la puerta entreabierta del despacho médico y la figura de éste, embutido en una bata blanca, con la mirada escondida tras las gafas de cristales verdosos, ligeramente tintados. -Su padre tiene los días contados, el tabaco lo ha matado, el cáncer de pulmón ha desarrollado metástasis en el cerebro....

Ha vuelto la tos cavernosa y machacona, la que siente como si lo estuvieran desconchando por dentro, la que le hace volver del pasado, la que lo trae de vuelta al presente. Sólo que, ahora, ya no los distingue. Se ha sentado sobre la baranda de piedra, muy lentamente, y ha sacado del bolsillo de la chaqueta el paquete de tabaco. Acaricia impertérrito el celofán transparente que lo recubre y extrae un cigarrillo. Lo enciende y aspira con toda la profundidad que le permiten sus pulmones. Una vez más, da comienzo al rito...