Poder y método en tiempos de pandemia

11.04.2020

I. Complejidad

Imagine una madeja de múltiples hilos caóticamente enrollada. Pretenda deshacerla. Si empieza tirando de un cabo, el entrelazado del interior provocará que el resto de hilos se muevan, se aprieten, se contraigan, se suelten o se anuden aún más. Algo así sucede con los elementos y factores que dan forma a la pandemida de COVID-19 y a cómo afecta a nuestro mundo.

Nos hallamos en medio de esa madeja, tenemos que deshacerla y, para hacerlo, debemos ir desentrelazando los diferentes hilos. El número de muertes, el crecimiento económico, las libertades y derechos de la población, el medio ambiente... son cabos que sobresalen de ese ovillo. Accionar uno reperticurá en los demás, inexorablemente entrelazados. La primera conclusión, por tanto, es que debe tenerse en cuenta que cualquier solución, cualquier medida que se aplique, tendrá efectos positivos y otros adversos.

Si se apuesta por medidas de distanciamiento social y confinamiento, es inevitable que éstas repercutan, como estamos viendo, en la reducción de la actividad económica o en la limitación de la libertad para el uso y disfrute de determinados derechos sociales. Accionar ese cabo, provocará un constreñimiento de los otros.

Además, la afectación de estos factores repercutirá en otros hilos que también se encuentran indirectamente implicados. Por ejemplo, una reacción en cadena derivada de la reducción de la actividad económica y que implique pérdida masiva de puestos de trabajo-reducción de ingresos personales-aumento de la pobreza-preocupación/ansiedad/desestabilización-problemas de convivencia en los hogares. Y, a su vez, algunos elementos de esa cadena se van a ver agravados por la afectación de otros hilos. La reducción de la libertad de circulación y la obligación de confinamiento puede coadyuvar a la aparición o empeoramiento de los conflictos domésticos derivados de la ansiedad por la situación económica.

Sin embargo, esta desaceleración económica también conlleva una reducción de actividades que deterioran el estado del planeta. Aliviando los efectos del tráfico aéreo o rodado, el consumo energético o las emisiones de carácter industrial, se reducen los valores y los efectos de la emergencia climática. Por lo tanto, a la hora de evaluar los efectos derivados de pulsar sobre cualquiera de los cabos, hay que tener en cuenta que la repercusión en los otros puede ser tanto positiva como negativa, multiplicando los pesos que se añaden en los lados de la balanza y, en consecuencia, dificultado la toma de decisiones.

Una vez que somos conscientes del grado de complejidad de esta situación, cualquier análisis, planteamiento o propuesta que incida en uno de los cabos, sin tener en cuenta las reacciones en cadena que produce, puede obedecer a intereses particulares o a una mera muestra de estupidez, es decir, de una torpeza notable en comprender las cosas.

II. Modulación

Tan importante como ser conscientes de la complejidad del asunto es entender que las opciones y las decisiones no deben ser absolutas, que todas están sujetas a limitaciones y que existen diferentes grados en los que actuar.

Se habla, por ejemplo, de la escalabilidad de las medidas de confinamiento. Se han clasificado los trabajos en atención a su importancia, distinguiendo entre actividades esenciales y no esenciales y, aún dentro de esta última categoría, entre los trabajos que se pueden desarrollar de manera telemática y los que requieren una forma presencial. De la misma manera, se empiezan a plantear las diferentes fases de relajación de la cuarentena para movimientos no relacionados con el trabajo: salir a pasear, hacer deporte...

Todas estas modulaciones del factor confinamiento tienen su correlación en los otros cabos. Medidas menos duras implican mayor actividad económica pero, también, más riesgo de propagación. Aún así, sobre todo en ámbitos ajenos a la función productiva, la modulación está siendo demasiado superficial. De la misma manera que se prevén instrucciones para los centros de trabajo o para los comercios (distancia mínima entre personas, entrada escalonada, higienización de espacios...), echo en falta una metodología semejante en el ámbito de las libertades restringidas. A este respecto, los poderes públicos se han limitado a restringir el movimiento "no esencial" (alimentación, prensa, tabaco, paseo de mascotas y poco más) sin tener en cuenta situaciones particulares y métodos de securización que harían compatibles un mayor rango de movimiento con la minimización del riesgo de contagio.

III. Prioridades

La discriminación señalada en el párrafo anterior evidencia, en cierta medida, cuáles son las prioridades de las autoridades a la hora de afrontar la fase aguda de la pandemia. Como "hilos maestros" dentro de la madeja podemos señalar tres: salud pública, actividad económica y libertades individuales.

  1. La salud pública se ha situado como factor primordial, en atención a las medidas tomadas, desde el momento que se decretó la paralización de toda actividad económica no esencial y uno de los confinamientos más resrtictivos (en comparación con países y realidades similares de nuestro entorno). De hecho, la actividad económica esencial, en su mayoría, está relacionada con el abastecimiento de productos y servicios de necesidad básica.
  2. La actividad económica ocupa el siguiente escalafón en el orden de prioridades. El aparente alcance del pico de contagios y muertes, dando lugar a la entrada en lo que los expertos denominan fase de "meseta", ha motivado la reapertura de parte de la actividad económica no esencial, pero no ha supuesto ninguna relajación en las medidas de confinamiento no relacionadas con el trabajo.
  3. Las libertades individuales, por tanto, han quedado a la zaga de los otros dos factores y tendrán que esperar al descenso más pronunciado de la curva de decesos y contagios para relajarse. Ni siquiera los efectos positivos -físicos y psicológicos- del ejercicio al aire libre, o de permitir a lactantes e infantes dar un pequeño paseo, han sido suficientes para plantear la posibilidad de una pequeña apertura. Algo que, por otra parte, ni se ha cuestionado, desde el inicio, en países como Francia o Bélgica, y que se empieza a tolerar en Italia.

¿Es más peligroso, a efectos de control de la pandemia, sacar a pasear a un lactante en un carrito que ir a trabajar en metro? ¿Hay mucha diferencia entre sacar al perro a hacer sus necesidades o llevar a una niña a un pequeño paseo de la mano?

Si atendemos a lo que la ciencia dice sobre las vías de contagio del coronavirus, sería posible relajar las medidas de confinamiento sin disparar el ñindice de riesgo o, sin duda, sin incrementarlo tanto como abriendo la veda al trabajo no esencial. Los factores de riesgo, en la relajación de las restricciones a la libertad de movimiento, se limitan al peligro de aglomeraciones o a la propagación del virus mediante las superficies. Es decir, tosiendo/estornudando/tocando cosas que luego otras personas pueden a su vez tocar, sin la protección adecuada, y llevarse las manos sin lavar al rostro. Estas son las evidencias científicas que tenemos hasta el momento, por lo que es innegable que en una oficina, un taller o una construcción hay un índice de riesgo muchísimo mayor que en un paseo alrededor de la manzana con tu hijo, de la mano o en carrito.

Se podría argumentar que esta prevalencia (del trabajo sobre las libertades) obedece a la importancia de la economía. A minimizar la destrucción de puestos de trabajo, la reducción del PIB y, en definitiva, a suavizar la crisis que ya tenemos encima. Pero poco se habla de los efectos físicos y psicológicos (salud pública, en definitiva) del confinamiento, tanto en menores como en personas adultas. En especial, esta crisis está demostrando que la salud mental supone uno de los factores menos valorados por los poderes públicos. Pareciera que, al no tener una relación directa con la economía y al no ser tan alarmantes como el número de muertes, el estrés, la ansiedad, la depresión y otros trastornos no tienen por qué ser considerados como prioridad.

Esto no es nuevo. Desde hace bastantes años, tanto la investigación como la práctica en el campo de la salud mental de la población nos informa y nos alarma sobre el incesante crecimiento de patologías relacionadas con nuestro modo de vida, con la precariedad, con la incertidumbre, con el trabajo... Condiciones de vida, en definitiva, que suelen sufrir unos sectores bastante definidos de la población: la componente de clase.

IV. Poder

Estoy tan seguro que apostaría todo mi patrimonio a que ninguna, de entre las 50 personas que están tomando las decisiones sobre cómo abordar la pandemia, vive en una residencia de menos de 120 metros cuadrados sin terraza o algún espacio al aire libre. Estoy seguro de que a ninguna se le ha negado un test para saber si pueden relacionarse con sus familiares y otras personas. Estoy seguro de que a ninguna le faltará una cama de hospital y medicamentos/respiradores en caso de requerir un ingreso. No voy a aseverar que esto esté mal, en atención a las responsabilidades políticas que ejercen. Lo que quiero remarcar es que existe un sesgo de clase, una distorsión cognitiva, a la hora de tomar medidas desde una determinada posición.

El poder no es una cosa que se tiene, es una cualidad que se ejerce. Una persona no tiene poder si no hay otras sobre las que lo puede ejercer. En el caso que nos ocupa, el poder se manifiesta de esa manera: determinar ciertas medidas de confinamiento, las más indicadas para atajar la pandemia, obligando a todo el mundo a hacer sacrificios, incluído uno mismo, pero desde situaciones y posiciones diferentes.

En los primeros discursos del Presidente Sánchez, el argumentario que le prepararon incidía mucho en que el virus no distinguía entre clases, entre ideologías o entre territorios. Y sí, puede ser que el virus sea potencialmente igual de contagioso para todo el mundo, pero no todo el mundo se encuentra en las mismas condiciones para hacerle frente, ni tiene los mismos recursos. Entonces, es del todo injusto, hasta el punto de configurar una relación de dominación, exigir un mismo comportamiento/sacrificio a todo el mundo por igual.

V. Metodología

En un Estado Social y Democrático de Derecho, el ordenamiento jurñidico debe observar las diferentes situaciones en las que se encuentra cada persona para asegurar una igualdad material efectiva. Es un principio que nuestra Constitución recoge en el artículo 14, y que rige (o debería regir) todo nuestro sistema de normas. Las discriminaciones a la hora de diseñar y aplicar el derecho se aprecian en el establecimiento de prestaciones sociales, en la protección de determinados colectivos e, incluso, en la aplicación de eximentes y atenuantes en el Código Penal.

No existe, por ejemplo, el delito "raso" de homicidio o de hurto, sin estar condicionado por las situaciones particulares del acto y de la persona que lo comete. No se aplican las mismas medidas de protección a la infancia que a las personas adultas. No se conceden ayudas económicas públicas a todo el mundo, sino en atención a su situación personal y familiar. De la misma manera -sin olvidar que un Decreto de Estado de Alarma también es derecho y también debe regirse por el principio de igualdad material- las medidas de confinamiento, en definitiva, de reducción de derechos y libertades públicas, deberían contemplar la diversidad de situaciones y no limitarse a prohibir y a limitar de manera general y abstracta.

El diseño de estas medidas debería efectuarse utilizando una metodología que tuviese en cuenta tres elementos:

  1. Comportamientos y precauciones de seguridad que minimicen el riesgo de contagio y propagación de la epidemia.
  2. Situaciones de riesgo o vulnerabilidad de sectores de la población especialmente sensibles a las medidas de confinamiento y de restricción de sus libertades y derechos.
  3. Establecimiento de procedimientos, habilitación de espacios y generación de concienciación social que permitan la relajación de determinadas medidas, en atención a las citadas situaciones de riesgo y vulnerabilidad.

Y, de la misma manera que se han planteado estas cuestiones para la reactivación de la actividad económica o para paliar los efectos de la pandemia en la economía (me gustaría ver las ayudas sociales aprobadas si la economía no dependiese del pago de los alquileres o del consumo de alimentos...), empieza a ser pertinente y urgente que se tomen con la misma seriedad respecto del ejercicio de derechos y libertades.

VI. Futuro

El miedo, que es un mensaje en emisión permanente desde autoridades y gobiernos, sirve para disciplinar comportamientos, hasta el punto de condicionarlos por encima de las evidencias científicas. El miedo es la herramienta perfecta para inocular la disciplina dentro del cuerpo social y explica que muchos ciudadanos se comporten como policías de balcón, juzgando comportamientos sin atender a motivos personales ni a criterios científicos. Miedo y disciplina son los ingredientes imprescindibles del autoritarismo y la dominación. Son el salario del ejército civil que obedece sin cuestionar. Abandonar la emergencia sin secuelas autoritarias, abandonar la emergencia de verdad, requiere cambiar miedo por responsabilidad y disciplina por rigor.

Poco a poco se empieza a asentar la idea de que, para poder recuperar la normalidad, al mismo tiempo que se contiene la pandemia, será necesario sacrificar parte de nuestra libertad y nuestros derechos, en concreto, autorizando aplicaciones de geolocalización y la entrega de datos de carácteer personal. Entramos en una nueva fase donde habrá que ponderar entre la protección de la salud o el ejercicio de la libertad.

No tengo dudas de que este debate se planteará así, a lo bruto, como una dicotomía de extremos absolutos, prescindiendo de toda modulación y de toda metodología, con el objetivo de conseguir la maor adhesión social y la menor contestación. Yo mismo soy consciente de que la identifición de las personas contagiadas y de las que ya están recuperadas es fundamental para poder recuperar la normalidad, entendiéndola como ver a mi familia y amigos, salir a pasear o ir al cine. Pero no estoy dispuesto a entregar alegremente mis datos y mis movimientos a cualquier empresa que le venda al Gobierno una aplicación de móvil que me rastree.

Modulemos, metodologicemos. Que se determine por Ley (no por Decreto, por Ley) las características de esa aplicación, que sea software libre, que podamos detectar si hay fugas y puertas traseras, que todos los datos recopilados se destruyan pasado el tiempo necesario, que se establezcan responsabilidades penales para las personas, empresas o autoridades que hagan un uso no permitido de esos datos, que se indemnice a posibes víctimas de estos usos, que exista una tutela judicial efectiva que nos ampare en esos casos...

De esta pandemia no sólo hay que salir vivos. Tenemos que salir con derechos, con dignidad, con salud física y mental y con el espíritu crítico necesario para que la reconstrucción del mundo que amanezca no se haga a nuestra costa. De nosotros y nosotras depende.